Terrorismo Semántico

Toda sociedad necesita un lenguaje común para poder pensar, debatir y resolver conflictos. Antes de que exista la política, la economía o la ley, existen las palabras con las que describimos la realidad. Cuando esas palabras pierden su significado estable, la capacidad de una sociedad para razonar colectivamente comienza a deteriorarse. 


El lenguaje cambia constantemente. Siempre lo ha hecho. Nuevas tecnologías, nuevas costumbres y nuevas formas de convivencia generan palabras nuevas y modifican las antiguas. Este fenómeno es natural y constituye una de las expresiones más saludables de una lengua viva. 

Sin embargo, no todos los cambios lingüísticos son iguales.

Existe una primera forma de cambio: la evolución espontánea. Nadie la diseña ni la impone. La sociedad adopta nuevos significados porque le resultan útiles, prácticos o simplemente atractivos. Las palabras sobreviven o desaparecen mediante un proceso libre de selección cultural.

Existe una segunda forma: la manipulación semántica. En este caso sí hay una intención deliberada. Un grupo intenta presentar la realidad de una manera favorable a sus intereses. La propaganda política, la publicidad comercial y la retórica ideológica operan habitualmente de esta forma. Sin embargo, aún permanece un elemento fundamental de libertad: las personas pueden aceptar o rechazar esa redefinición. El disenso sigue siendo posible.

Pero existe una tercera categoría, mucho más preocupante: el terrorismo semántico.

Por terrorismo semántico entendemos el proceso mediante el cual un grupo organizado redefine conceptos fundamentales de la vida social y utiliza mecanismos de coacción para imponer esos nuevos significados como si fueran la única interpretación legítima de la realidad. Ya no se trata simplemente de persuadir. Se trata de prohibir la discrepancia.

La diferencia es esencial. En la manipulación se intenta convencer. En el terrorismo semántico se castiga al que no acepta.

La tesis central de Serguéi Kara-Murzá en su obra Manipulación de la Conciencia (en ruso) resulta especialmente útil para comprender este fenómeno. Según el autor, el verdadero poder no consiste en obligar a las personas a actuar contra su voluntad, sino en lograr que adopten voluntariamente la visión del mundo que beneficia al manipulador. El objetivo no es controlar cuerpos, sino controlar significados.

Quien controla el significado de las palabras controla el marco dentro del cual se desarrolla todo debate posterior.

Si una persona consigue redefinir qué significa democracia, libertad, justicia, discriminación, violencia o identidad, ya ha ganado gran parte de la discusión antes de que ésta siquiera comience.

Durante siglos, la lucha política se libró principalmente sobre hechos. Hoy se libra cada vez más sobre definiciones.

El problema alcanza un nivel superior cuando determinadas definiciones dejan de ser propuestas intelectuales y se transforman en obligaciones legales. En ese momento la discusión deja de pertenecer al ámbito del conocimiento y pasa al ámbito de la obediencia.

Cuando una minoría organizada adquiere la capacidad de decidir qué palabras pueden utilizarse, qué conceptos son aceptables y cuáles deben ser sancionados, deja de existir una conversación abierta. Lo que surge es un sistema de control simbólico.

La historia demuestra que la censura más eficaz no consiste en prohibir ideas, sino en impedir que puedan formularse. Si ciertas palabras desaparecen o adquieren significados obligatorios, determinadas preguntas se vuelven imposibles de plantear. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de formular preguntas, también pierde la capacidad de pensar.

El terrorismo semántico no destruye la libertad mediante la fuerza directa. Lo hace de una manera mucho más sofisticada: alterando el lenguaje con el que las personas interpretan el mundo. Su objetivo final no es cambiar las palabras, sino modificar la percepción de la realidad que esas palabras representan.

Una sociedad libre no depende únicamente de la libertad de expresión. Cuando el significado de las palabras deja de pertenecer a la comunidad y pasa a ser monopolio de grupos políticos, ideológicos o burocráticos, el lenguaje deja de ser una herramienta de comunicación y se convierte en un instrumento de dominación.